Sospecho que esta noche has
dormido poco, y mal. Te digo que nos veremos en el hospital directamente, pero
me planto en tu casa un par de horas antes para llevarte yo, y distraerte un
poco de tus nervios, de esas mariposas en el estómago que seguro que te
desasosiegan.
Pasa el rato y nos vamos,
pertrechadas con todos los papeles y trastos que nos ha indicado el médico,
disciplinadamente puntuales. Es puente, y el hospital está prácticamente vacío;
un señor que nos precede en el quirófano es el único habitante de la sala de
cirugía ambulatoria, tal como nos indica la única enfermera que está al frente
del servicio.
Te anonimizan, vistiéndote con
las ropas de paciente, y te tapan con una mantita, a esperar. Charlamos un
rato, en el silencio de la unidad vacía, hasta que llega la hora y se te llevan
en una silla con ruedas. Desapareces tras la puerta y me quedo con mi papel de
acompañante, a esperar.
Sé que va para largo, pero no
padezco: sé que la intervención no tiene peligro ninguno, y aunque no es
sencilla, me fío de las manos que la están haciendo. Saco mi labor del bolso,
me quito las gafas y me pongo a tejer pacíficamente en un rincón de la sala de
espera.
Van llegando personajes. Una
pareja de gente importante llena con su autoridad la sala al llegar: su tono de
voz más alto que el promedio, su pisar más firme, su porte imperativo. La inercia de su impulso rebota contra el
vidrio de la recepción; esperen un momento, ahora les avisarán. Miran entonces
su entorno, dubitativos. No saben si sentarse, no acaban de creer que la
espera, su espera, sea tan larga como para hacerles compartir sala con
nosotros. Dos minutos después se han sentado.
Entra una mujer mayor, mira a
su alrededor con aire despistado y directamente se sienta, sin preguntar. Hay
gente que por definición es bien mandada, pienso.
A su lado una chica de edad
indefinida entre la veintena y la treintena mira el reloj con cara entre nerviosa
y de fastidio. Mira su móvil varias veces, hasta que se decide a llamar: “Madre,
¿donde estás? ¿Qué has hecho?”. Tiene un acento catalán muy marcado, cerrado,
de pueblo. Se ve que su madre viene en coche desde algún lugar de la Catalunya
central, ha intentado un camino nuevo que le han recomendado y tarda más de la
cuenta. “pero ¿por qué te lías? ¡No hacía falta! ¿No ves que es peor?” la hija
regaña a la madre con un tono entre irritado y marisabidillo, paternalista. Una
se imagina una madre entrada en los 60, madre tardía y pueblerina con cierto
grado de ineptitud para el desplazamiento, casi sorprende que sepa conducir; una
de esas relaciones en las que el desfase tecnológico avanza el cambio de roles
y lleva prematuramente a la hija a proteger a la madre en un entorno hostil, menos
mal que está ella aquí. De la charla entiendo que la madre, aturullada por la
complejidad del tráfico, ha soltado el coche en un aparcamiento de la
universidad y ahora está en el metro; a la hija le parece mal, pues la madre va
a perderse seguro; le pregunta detalles, le da indicaciones: qué metro coger,
qué dirección tomar, número de paradas, qué esquina torcer en la calle. Parece
que la hija, imprescindible, tiene que estar a todo ¡qué responsabilidad tan
pesada!, ¡y como le pesa! Me pregunto si padre y madre están separados, no
acabo de entender la situación. Definitivamente, en cualquier caso, la hija
tiene cuentas pendientes que zanjar con ambos, pero ahora está tan quejosa que al
cabo de un rato intoxica el ambiente con su resentimiento, y deseo que cuelgue
de una vez. Cuelga.
Entra una pareja de cincuentones
progres, ella canosa, el melenudo, que se dirige al mostrador. Tras el
intercambio de papeles de rigor, la mujer entra directamente a la sala
preparatoria. La pareja importante se revuelve un poco en su asiento; el hombre
de pronto se levanta, cruza la sala con zancadas impacientes tres o cuatro
veces y se vuelve a sentar. Una manifestación de disconformidad. Acabados los
papeles el hombre progre se sienta, con un paquete en el regazo. Pienso que
igual lleva lectura para la espera, o trae tal vez algún trasto ortopédico como
el que nosotras hemos traído. No se. Me pongo las gafas y cotilleo, en vano. El
progre fija la mirada en la pared y adopta la actitud de espera. Me vuelvo a
quitar las gafas y tejo.
La puerta se abre y llaman a
la pareja importante, que cruza el dintel con aire de justicia. Cinco minutos
después el hombre sale y se va sin mirarnos. Le imagino en la cafetería,
despachando importantes asuntos laborales por el móvil, un tanto enfadado por
la pérdida de su precioso tiempo.
Silencio durante media hora.
Tejo.
Llega, por fin, la madre de la
chica quejosa; me sorprende ver a una mujer joven con aire resuelto y paciente.
La hija vuelve a empezar su retahíla de regañinas, quejas, reproches, esta vez
en directo. Cómo se te ocurre tomar un camino nuevo, cómo se te ocurre aparcar
lejos, cómo vas a encontrar el coche después, cómo se te ocurre tomar el
metro... la madre al final se molesta: hija, vale ya, no soy ninguna inútil, y
aquí estoy, basta, que me tratas como si fuera tonta. La hija retrocede
asustada: se ha pasado. Se reubica en el papel de niña y pide perdón, intuyo
que sonríe, le ofrece galletas en desagravio, la madre las rechaza, molesta. Se
reajustan. Diez minutos después la madre readopta su papel paciente. Vuelta al
equilibrio inicial. Me pongo las gafas y las miro: la hija es gordita y con una
cara difícil, que no recuerda a la madre, más bien guapa; en realidad tiene
cara de incomodidad vital, no parece una persona feliz.
Entonces llegan cuatro señoras
mayores, y un señor mayor con maleta, llenando la sala de voces. Una de las
señoras lleva gafas de sol, supongo que viene a por la segunda catarata. La
mujer de la esquina de repente revive, se levanta, y se suma a la cháchara: ha
venido a las nueve porque pensaba que la operación era a primera hora, pero una
vez aquí se ha dado cuenta del error, y ya ha decidido esperar hasta la una. Durante
un momento hay un cierto caos de besos y saludos y frases en falsete; abrigos y
bolsos que se apilan, búsqueda de asientos libres y saludos al público presente.
Me recuerdan una escena del tricicle. La mujer de las gafas de sol se desmarca
un poco; se acerca al mostrador y hace su papeleo, asistida por una de las
mujeres. Mientras, continúa el jolgorio tras ella. La paciente no parece feliz
de su corte, y de hecho dice: sentaos allí, yo me siento aquí que no tengo
ganas de hablar. Se sienta a mi lado, lejos de la charla vacía que ya no cesa.
Tejo.
Las yayas se movilizan: es
hora de las gotas, era cada dos horas hasta la operación, pero hace ya dos horas,
qué hora es? Maria? Si , hace ya dos horas. La mujer que ha asistido a la
paciente durante el papeleo se acerca con el ciclopléjico: dos gotas en el ojo
a operar, estate quieta que no acierto. Sécate las lágrimas, supongo que habrá
quedado suficiente producto, si, claro, no ves como tiene la pupila toda
abierta, igual que la otra vez, pero ya les has puesto dos? Cada yaya opina. El
señor de la maleta no se mueve, sigue en su rincón, callado. La paciente se
revuelve un poco, ya está, ya. Las yayas vuelven a sus asientos y empiezan a
contar sus peripecias con las gotas y los oftalmólogos. Una de ellas, la que
lleva esperando desde las nueve, habla del suyo: una bellísima persona. Cuando
a ella le tuvieron que quitar el ojo se portó tan bien que la llamaba
continuamente para saber qué tal estaba, y en la consulta un encanto, un
primor, tan atento, todo un caballero. Piensa que con la prótesis que le
pusieron se lo hicieron tan bien, el médico se portó tan bien, tan majo...
siempre diciendo que cualquier cosa que necesitase, siempre dispuesto. Ella
lleva la prótesis que ni se nota, y no le ha dado ningún problema. Ahora no ve mucho por la catarata del ojo que
le queda, pero el médico no se decide a operarla porque claro, con un solo ojo…
La paciente se revuelve en su
silla tras las gafas, creo que se está asustando, o enfadando, o ambas cosas.
Estornuda. Se levanta y se dirige al mostrador: “Señorita, es aquí que tengo
que decir que soy alérgica a los estornudos y a la tos? O lo tengo que decir
dentro?” Me pregunto como la recepcionista mantiene el tipo frente a una de las
preguntas más cómicas que he oído en años, pero no se inmuta y resuelve
pragmática: “Dentro, señora, dentro”. La mujer vuelve a su silla.
La tuerta continúa con su
rollo: uy, yo con los estornudos tengo un miedo… Se ve que ha adelgazado un
poco últimamente y la prótesis no le ajusta tan bien como antes, se conoce que al
adelgazar la cuenca se le ha hecho más grande, y sufre porque cuando estornuda a
veces se le sale. Hace poco en la calle le pasó, en los jardines de Maragall,
estornudó y le saltó la prótesis volando, para caer entre los setos del parque,
un apuro!! Ella buscando, pero, como no ve bien, con un ojo solo y el bueno con
cataratas… Suerte que una señora revieja que pasaba le ayudó con su bastón,
apartando las ramas, y encontraron de todo, desde papelotes a latas y no
quieras saber qué más. Y la señora revieja que no sabía que buscaban, suponía
que un sonotone, y al final que aparece el ojo de vidrio y ella que lo coje y
casi sin mirar a la señora que le dice gracias, gracias y se va corriendo, la
pobre mujer que se debió quedar de pasta, imagínate, pero ella solo quería
entrar a un bar para lavar el ojo en el lavabo y ponérselo otra vez…. Me cuesta
contener la risa, tejo para disimular, pero ya estoy acabando mi labor.
El progre decide abrir su
paquete. Me pongo las gafas para ver, tengo curiosidad: saca un crampón. No doy
crédito a la sala de espera, supera cualquier ficción. En fin, pienso, como
zapato ortopédico es un poco drástico. Pero vaya, para gustos colores.
Llaman a la mujer de las gafas
oscuras, que entra aliviada. Pocos minutos después me indican que vaya a hablar
con tu médico. Te ha ido bien, claro. Te va a doler, pero te vas a curar. Vas a
estar unas horas aún en observación, y luego te llevaré a casa, y te cuidaré.
Pienso que tengo mucho que
contarte, en cuanto pueda entrar a verte. Acabaré mi labor, y espero hacerte
reír, contándote lo que os perdéis todos los que estáis al otro lado del
tabique.