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martes, diciembre 25, 2007
sábado, diciembre 22, 2007
El síndrome de Pérez
El ejercicio de nuestra condicón de cachorros de raza cruel era normal, y algo que debía prepararnos para ser adultos.
En los colegios no existía esa edulcoradísima preocupación por la integridad emocional de hoy; lo importante era la tabla del 8 y la ortografía, y eso de los afectos o educaciones emocionales no era motivo de discusión.
A no ser que se cruzaran dos barreras: hacer sangre o recibir quejas de los padres del contrario.
Hoy mi hija se escandalizaba porque un chaval de 14, en un cabreo, chuta una pelota con saña a la cara de otro... y dónde está lo raro?? ... ay, si supiera que en mis tiempos íbamos a pedrada limpia!!!
Pero bueno, que yo quería hablar del síndrome de Pérez, y estoy yéndome por las ramas.
Cuando yo era niña, en el colegio me enseñaron que el alarde y la vanidad son malos. Aprendí que ser repelente era motivo de exclusión a la hora del patio, de patadas y de pedradas perdidas. Pero además, no subía más la nota (sobresaliente era el techo), y no llevaba a la gloria y la honra de los sabios, si no más bien a cierto grado de humillación:
(señu)- a ver, niñas, quien lo sepa que levante la mano: 345 por 48?
(xurri) - yo, yo, señu, yo, yo!!!
(señu)- no, xurri, tu no...
(xurri)- pero señu, que me lo sé!...
(señu)- si, si, ya, ya se que lo sabes... alguien más?
En resumen, que demostrar lo que una sabía, por una parte era peligroso socialmente, y por otra absolutamente inutil.
En cuanto lo pillé (entenderlo fue rápido) me puse por la labor, aunque aplicarlo me costó un poco (ay, vanitas vanitatis!) Pero empecé a disimular lo que sabía, a esconder las notas e, incluso, a desear secretamente catear para ser aceptada en el grupo... no llegó a tanto la cosa, pero me pegaban (y les pegaba, eh!!) menos. Bien.
En cuanto lo pillé (entenderlo fue rápido) me puse por la labor, aunque aplicarlo me costó un poco (ay, vanitas vanitatis!) Pero empecé a disimular lo que sabía, a esconder las notas e, incluso, a desear secretamente catear para ser aceptada en el grupo... no llegó a tanto la cosa, pero me pegaban (y les pegaba, eh!!) menos. Bien.
De eso, y enseñanzas similares sobre la indeseabilidad de los empollones y repelentes, los de mi quinta hemos aprendido a mantener un machaque egoil constante.
Yo misma me repito con frecuencia:
"si, xurri, muy bien, chica lista, pero:
1. No hay pa tanto
2. No te van a querer más por saberlo
3. Cuidao que se te va a ver el percal".
Y no sólo yo, que lo tengo hablado con más gente de mi edad y a todos nos pasa igual. Y qué pasa? Pues que en esta cultura del egolatrismo, el primero que llega con el ego enterito nos subestima y se nos sube a la chepa.
Eso pasa especialmente con los jovencitos, que han subido ya en la cultura de la autoestima (y sin pedradas). Pero creo que en el fondo ésto no es más que una influencia (nociva) bárbara, anglosajona o calvinista, como otras tantas, y a los que provenimos de culturas católicas el tema de la falsa modestia con derribo propio nos deja muy indefensos al respecto. Creo que la infraestima es un mal nacional, y hasta le he puesto nombre: el síndrome de Pérez.
Me baso en varias cosas, y ya llevo demasiado escrito para desglosar, pero os contaré una que es sumamente gráfica.
Me baso en varias cosas, y ya llevo demasiado escrito para desglosar, pero os contaré una que es sumamente gráfica.
Cuando en el curro tratamos con guiris, al llegar nos distribuyen orgullosos sus tarjetas de visita, gruesas y brillantes. Y su nombre se diluye entre trescientas iniciales que abrevian sus múltiples títulos y cualificaciones, y un pomposo título
altisonante. Todos son vicepresidentes de algo global (y quién trabaja??), y la mitad de las siglas son asociaciones profesionales, cuyo único mérito se reduce a pagar la cuota anual, pero eso aquí, los catetos, no lo sabemos. Al empezar la reunión se presentan como quien se hace la biografía entera, y además de decir su nombre, empiezan a subir hacia el techo como grandes burbujas vanidosas declamando todas sus virtudes y todas las cosas que han hecho en su vida, desde el parvulario, vaya, y que se resumen rápidamente en "un tercio de las que hemos hecho aquí". Pero es que suenan de bien con acento de Milwakee!!
altisonante. Todos son vicepresidentes de algo global (y quién trabaja??), y la mitad de las siglas son asociaciones profesionales, cuyo único mérito se reduce a pagar la cuota anual, pero eso aquí, los catetos, no lo sabemos. Al empezar la reunión se presentan como quien se hace la biografía entera, y además de decir su nombre, empiezan a subir hacia el techo como grandes burbujas vanidosas declamando todas sus virtudes y todas las cosas que han hecho en su vida, desde el parvulario, vaya, y que se resumen rápidamente en "un tercio de las que hemos hecho aquí". Pero es que suenan de bien con acento de Milwakee!!En cuanto a los Pérez, lo normal es que, después de 8 meses en la empresa, aún no tengamos tarjetas de visita. O despúés de 5 años se nos hayan acabado.
El caso es que a menudo nos hemos sacado una copia en la impresora a correquetepillo en cartoncillo blandengue, recortada a tijera con borde irregular. En ella, por política de la empresa (porqué???), se nos prohíbe expresamente incluir título ninguno, de modo que sale nuestro nombre pelao - cosa que no hacen en el extranjero ni los mozos de almacén, que se ponen que tienen la ESO, con todos mis respetos por los mozos de almacén. Como está feo decir que mandas, solemos poner una cosa vaga, tipo "departamento de contabilidad", aunque seas la puta jefa y lleves un equipo de 50 personas. Cuando nos tocan las presentaciones, ay, será el recuerdo del cole, pero el caso es que nos ponemos como tomates y decimos algo del estilo "Hola, soy Xurri, y estoy en contabilidad, jé". Con lo cual el Global Accountability Innovation and Development Vicepresident que se te sienta delante y que tiene 10 años menos que tú piensa que a la reunión no ha ido quién debía.
El caso es que a menudo nos hemos sacado una copia en la impresora a correquetepillo en cartoncillo blandengue, recortada a tijera con borde irregular. En ella, por política de la empresa (porqué???), se nos prohíbe expresamente incluir título ninguno, de modo que sale nuestro nombre pelao - cosa que no hacen en el extranjero ni los mozos de almacén, que se ponen que tienen la ESO, con todos mis respetos por los mozos de almacén. Como está feo decir que mandas, solemos poner una cosa vaga, tipo "departamento de contabilidad", aunque seas la puta jefa y lleves un equipo de 50 personas. Cuando nos tocan las presentaciones, ay, será el recuerdo del cole, pero el caso es que nos ponemos como tomates y decimos algo del estilo "Hola, soy Xurri, y estoy en contabilidad, jé". Con lo cual el Global Accountability Innovation and Development Vicepresident que se te sienta delante y que tiene 10 años menos que tú piensa que a la reunión no ha ido quién debía.Nuestras madres nos decían que el buen paño en el baúl se vende. Pero no, amigos Pérez, hay que reciclarse y sacar pecho. Que se nos ha ido la mano con la (falsa) modestia.
(PD: mis queridos Pérez de verdad - lo del nombre es pura coincidencia)
miércoles, diciembre 19, 2007
Huelga de cenas de navidad
Quiero anunciar que me declaro en huelga de cenas de navidad. Que nadie se lo tome a mal, pero no pienso asistir a ninguna. Estoy en contra de las críticas a los jefes ausentes en clave de humor, los flirts entre compañeros de trabajo (que fueeeerteeee!!) bajo el paraguas de la intoxicación etílica, los sondeos de asistencia para preparar planes aparentemente "casuales", y la gente que (disimulando) (mal) va a la pelu justo antes de la cena para estar guapa en tan sonado evento. Estoy en contra de que la cena de navidad sea "el acontecimiento del año".
Estoy en contra de las sobremesas eternas en las que esperas eternamente para comer bazofia a precio de orillo, en contra del ruido ambiental aislante, de que te toque delante alguien con quien no congenias, y muy especialmente de las risas flojas por cosas sin gracia al otro lado de la mesa, o en el tuyo, me da igual. Estoy en contra de los eternos protagonistas que "son demasiado", las que se pasan de vueltas con el camarero y los que se atan la corbata a la frente y bailan con la gorda de administración, dando tema para comentar en la máquina del café durante meses. Estoy en contra de las barretinas de borde blanco y de las cámaras de fotos en busca del ridículo ajeno. Estoy en contra de los pases de fotos ridículas en horario laboral.Es que, en general, estoy en contra de las cenas de navidad. También de los regalos del amigo invisible. Además, y específicamente, de la ropa interior de color rojo.
Estoy en contra la exaltación histérica de la amistad fuera de tiesto, de las resacas incómodas, y de la confusión entre alcohol y simpatía.
No quiero intimar con el resto de empleados. Ni son todos geniales, ni mucho menos lo soy yo, y además, no me apetece. Que no me busquen, plis, que yo a lo mío y tan amigos.
Por todo eso, me declaro en huelga de cenas de navidad.
Al menos a las de empresa y similares. Por favor, no me inviten.
De faltar a las familiares no hay güevos, de momento.
lunes, diciembre 10, 2007
Bocazas
Basta que me proponga cerrar el pico sobre algo en particular para que, ipso flauto, que decía aquel, se me escape inmediatamente, en el peor momento y donde más se note y menos falta haga. No es que sea indiscreta, es que padezco una grave incontinencia verbal.Que se me nota a todas horas, ya sea en cosillas pequeñas (decir coger en vez de agarrar en Buenos Aires, estropear el final de un chiste, acabar las frases de los demás ), medianas (repetir en voz alta el nombre de quien llama, mencionar una cita secreta, hablar de los regalos de Reyes delante de los pequeños), o gordas (aunque no entraré en detalles aquí, por aquello de no ser indiscreta).
Conste que procuro cultivar mi discreción, repitíendome "cállate!" "pero deja hablar, joé..." e incluso el socorrido "por qué no te callas?" varias veces al día.
También practico técnicas de relajación mental, evocando músicas que me gusten e incluso, en situaciones de alto riesgo (reuniones, la hora del café, sobremesas) ejercitando el complicado arte de condensar lo que voy a decir en haikús antes de abrir la boca. Para meter la zanca, claro.
En vano cada mañana me ejercito cerrando la boca y frunciendo los labios varias veces frente al espejo, ignorando el no despreciable riesgo de padecer el síndrome del código de barras, esas arrugas verticales en el labio superior tan impías, que aparecen a partir de cierta edad.
Ná. Bocazas soy, bocazas seré.
Será que, como dice Fiti, por la boca vive el pez.
domingo, diciembre 02, 2007
Mi planta del dinero
No me gustan demasiado las plantas. Tienen tendencia a secarse o a ahogarse en agua, una autonomía limitadísima, no son nada comprensivas con los olvidos de mantenimiento y tienen una hospitalidad con bichos y parásitos a mi juicio excesiva. Me desagradan los bichos.
Dicen que si tienes en casa una planta del dinero (Plectranthus australis) no tendrás problemas de solvencia; pero no es tan sencillo, que se ve que la planta tiene que ser robada y/o regalada, no se vale comprarla.
Y entonces va y se me seca la planta. Coincidiendo con la nefasta decisión de la compra del piso nuevo. Y no contenta con no hacer caso de la señal, en la mudanza nos dejamos atrás a tan fiel indicador de la economia familiar. Ni pensar en ella, vaya.
Así que mantengo mi parque vegetal en un tamaño controlado, y cada incorporación debe pasar un estricto comité de admisiones, que en un porcentaje elevado de los casos acaba en generosa donación del vegetal en cuestión a quien sepa amarlo como se merece. Él no lo haría, lo sé, pero es por su bien.
Siempre he tenido hermosísimas plantas del dinero. La mejor, una que me dio una amiga mía, que a su vez la había robado (un esqueje, no un tiesto entero, eh!) de una casa rica. Con esta planta en particular, mi economía fluctuaba a la par que la frondosidad de sus hojas; su momento más escuálido coincidió con mi momento de máxima insolvencia, y empezó a revivir cuando - tras un cambio de trabajo - mis finanzas reflotaron. Se xuxurrió un poco cuando compré mi otro piso; se fue rehaciendo, poco a poco, a medida que iba amortizando hipoteca. Y estaba bien, con flores y tal.
Y entonces va y se me seca la planta. Coincidiendo con la nefasta decisión de la compra del piso nuevo. Y no contenta con no hacer caso de la señal, en la mudanza nos dejamos atrás a tan fiel indicador de la economia familiar. Ni pensar en ella, vaya.Hace unas semanas, en un comentario, me dijo el paseante que le había florecido la planta del dinero. En plena crisis "cagontó, que no vendemos el piso viejo ni pátrás". Y en aquel mismo momento me llevé las manos a la cabeza
- Dios!!!, pero cómo puede ser que no me haya dado cuenta hasta ahora!!!
Mi santo volvió el domingo siguiente con una, bien hermosa. Pero yo me quedo con la mosca tras la oreja... porque la compró, y eso no se vale. De hecho hace ya unos días y, ná, seguimos igual.
Ya sé que esto de las supersticiones no es muy científico, pero, aunque sea sólo por seguridad, alguien que tenga una plantita del dinero mangada en origen me regalaría un cacho? Se agradecería infinitamente...
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