miércoles, marzo 25, 2009

Malos tiempos


El azul del mar inunda mis ojos,
el aroma de las flores me envuelve.
Contra las rocas se estrellan mis enojos
y así toda esperanza me devuelven.
Malos tiempos para la lírica.

Las ratas corren por la penumbra del callejón.
Tu madre baja con el cesto y saluda;
seguro que ha acabado tu jersey de cotón.
Puedes esbozar una sonrisa blanca y pura.
Malos tiempos para la lírica.

Seguro que algún día, cansado y aburrido,
encontrarás al alguien de buen parecer:
trabajo de banquero, bien retribuído,
y tu madre, con anteojos, volverá a tejer.
Malos tiempos para la lírica.

lunes, marzo 16, 2009

el rincón del vago

pere, aquí trabajo, cuando me toca hacerlo en casa (como ayer, como hoy - y no acabo!).
El ocio, en cambio, es desde aquí:

Y vosotros?

nomeolvides

Symbelmine són aquelles flors, que, segons Tolkien, creixen damunt les tombes dels Reis Rohirrin. Flors, també conegudes com a “no m’oblidis”.

Gracias Jaka. Lo planto aquí, en el rincon de nomeolvides.

Hay una parte prosáica, y es que hay que pasar el premio a 7, pero 7 son pocos, o son unos descreidos, o ya lo tienen... nada, rompo la cadena.

Tomadlo de aquí cuando paséis, sabéis que lo merecéis.

martes, marzo 10, 2009

Un cuento de princesas

Adoro a las princesas. Princesas pequeñitas y princesas maduras, princesas lindas y princesas guapas. Princesas listas y princesas bobas. Princesas empáticas y princesas atolondradas. Princesas caprichosas y princesas prácticas. Princesas pesimistas y princesas entusiastas. Princesas de colores y princesas grises. Princesas ociosas y princesas estudiosas. Princesas desgarbadas y princesas estilosas. Princesas duras y princesas suaves. Princesas aristócratas y princesas llanas. Princesas charlatanas y princesas calladas. Princesas atentas y princesas despistadas. Princesas quejicas y princesas comprensivas. Princesas risueñas y princesas adustas. Princesas simples y simples princesas.

Adoro a las princesas. Llenan el espacio y hacen cada día el mundo más bonito. Desplazan lo feo. Solo con disfrutar de su propia existencia, minuto a minuto, y moviéndose en el aire, esparciendo calor y vida, color y música, palabras y risas.

Adoro a las princesas, aunque no hable con ellas. Aunque vivan lejos, me gusta que estén. Aunque no nos conozcamos, siento que podríamos ser amigas, o enemigas. Que podríamos reír, o llorar, sorprendernos o indignarnos. Me hacen consciente del regalo que el tiempo me presta: un momento fugaz de vida normal, tan bello, tan valioso, y tan poco valorado como las gotas de agua.

Ayer tarde un dragón feo y tonto bajó en picado y con su boca llena de dientes toscos, retorcidos y descuidados robó una princesa, como el que roba un trapo en el mercadillo. De cualquier manera, lastimándola sin prestar ninguna atención a su piel fina y delicada. La levantó patosamente y se la llevó con su tosco aletear sin más conmiseraciones. Dejando caer sin cuidado tanto esfuerzo por ser, por vivir, por disfrutar, por estar. La raptó de su casa, de las páginas de un libro, de la cama de su marido, de la cola del pan, de los brazos de su madre, de la mesa en la que cenaba, del volante de su coche, de la risa de sus amigas, del teclado de su ordenador, del probador de la tienda, del reloj de fichar, del tiempo de los días normales y corrientes. La robó de los lunes grises, de los martes inacabables, de los miércoles de rutina, de tantos jueves tranquilos, de los viernes pletóricos, sábados de cháchara, domingos de sofá. Le quitó el sueño por las mañanas, el hambre del mediodía, el placer de ver llegar el verano, la sorpresa de la nieve, las carreras bajo la lluvia.

No era una princesa cualquiera. Era una princesa guapa, lista, empática, práctica y entusiasta, estudiosa, estilosa y llana, risueña, callada, atenta, comprensiva. De colores. Sabia. Simplemente princesa.

No hubo poción mágica, antorcha ardiente, ni flecha salvadora. Nadie pudo hacer nada, ningún caballero, ninguna de las princesas que velaban su sueño. Sólo congoja y agitar el pañuelo en señal de despedida. Desconsuelo y unas lágrimas, bastantes, muchas. Miles de gotas de agua bellas, valiosas, normales, fugaces. Contagiosas. Disimuladas. Transitorias.

Sólo se me ocurre pediros por favor que no olvidéis su nombre de princesa. Aunque no lo sepáis.

lunes, marzo 02, 2009

Aquí, decreciendo

Es que se crece ante las adversidades.

Es una frase hecha, y mucha gente se la aplica, incluso (a veces) con razón.

Y es que crecerse cuando van mal dadas es relativamente fácil. Especialmente en un primer momento. Una reacción inicial de entereza, altruismo y generosidad, está bien, te sientes bien, grande, firme, honesto, íntegro, alguien comodiosmanda. Si eres listo, además propones inmediatamente soluciones, planes de contingencia, alternativas, negociación, salidas dignas. Y además casi no cuesta esfuerzo (si no tienes el pronto pataletero). Incluso hay gente a la que le sale como un reflejo espinal - golpe en rodilla, patada párriba; golpe moral, respuesta nice.

Pero las adversidades tienen el mal gusto de no ser fogonazos puntuales, fuegos de artificio espectaculares que brillan tan deprisa como se apagan y desaparecen, sino que son más bien luces fluorescentes de colores fríos que te colorean de oficinista, y que titilan, primero deprisa (fatiga visual) y después con un descarado parpadeo con chisporroteo incluido, sin acabar de decidirse a encenderse o, al menos, fundir el tubo.

Pongamos que aparece un acúmulo súbito de inclemencias explosivas y ciertamente complejas e injustas. Acto seguido, todos los ojos caen sobre tí y te escrutan, prestos a ver una señal de debilidad. Tú aprietas las mandíbulas, los puños, dejas que una lagrimilla baile en tus ojos repentinamente manga, y respiras profundamente. Respiras de nuevo y miras hacia la ventana y un poco hacia arriba: la lagrimilla retrocede, drenada por el lagrimal con la ayuda de la gravedad. Los ojos te siguen escrutando. Autocontrol. Te miran. Callas. Ahora bajas la mirada, te concentras con toda tu energía y... esbozas una sonrisa y dices "pasanada" "yamapañaré", poniendo ojos de budista comprensivo. Te levantas y continuas aparentando normalidad absoluta. "Lo importante es que te vaya bien, malegro portí" "Viacer esto, con aquel, de momento mocurre solución provisional". Sacas de un bolsillo la competencia ejecutiva, y eventualmente hasta te la crees.

Pero al cabo de una semana ha pasado una semana (es lo que tiene).

Y la circunstancia - maldita sea- sigue allí, igual o peor.

Tu en tu papel nice, pero con el plan de contingencia fracasando en sus últimos estertores, viendo la que te cae y cada vez más de los pelos, saltando por un quítameallá. Entre la irritación, la agresión y el llanto. Todo llega tarde, incompleto o mal. Ves ofensas por los rincones, todo está equivocado, y te vas armando de una razón de la que careces en todo lo que no tenga que ver con el enunciado de la crisis inicial. La respuesta de todos los implicados (incluso tangencialmente) en tu plan de contingencia es subóptima, cuando no nefasta, y te convences de estar rodeada de inútiles.

Pero eso no tiene nada que ver con la crisis inicial, que en esa tu no pierdes tus papeles, no. En esa, tú nice. Fair. Ante todo mantener el tipo y demostrar entereza, altruismo y generosidad. Noblesse oblige, faltaria plus. Una es grande, firme, honesta, íntegra y, ante todo, alguien comodiosmanda.

Y un bledo!. Que por dentro te reconcome el tema. Y ya me dirás, cuál es en realidad el motivo para la negación. "Nonononono, nome molesta, noo" "Qué le vamos a hacer, es fatalidad, no es culpa de nadie" "Ya lo arreglaremos, es tiempo e ir haciendo".

Y digo yo que será el narcisismo, porque para portarse mezquinamente tan buena excusa es una gran circunstancia como treinta pequeñas. De hecho, a igualdad de mezquindad en términos cuantitativos, la primera es más eficiente: da menos trabajo y salpica a menos gente. Lástima que la gente seas tú. Y además tiene más público, claro. Vanitas vanitatis... siempre igual.

En resumidas cuentas, un desastre. Un desastre mezquino. Y es que lo de la sangre fría no te lo enseñan en un MBA. La frialdad frente a los demás dicen que tiene que aprenderse como los idiomas, de niño y por transmisión familiar, porque en realidad se trata de aprender a que la gente no te importe, y eso es complicao cuando la gente te importa. Que no te gusta, pero te importa: te saca de tus casillas y desata el temperamento, por más que lo intentes domesticar.

Será por eso que manda mayoritariamente (aunque no exclusivamente) la gente bien?
Si, excusas, lo se. Eso, o reconozco que no valgo. Y antes muerta. Aunque en conciencia debo reconocer que no mucho, seamos sinceros; en realidad, casi nada. Una pizca. O media. Bua. (a veces me harto de ser tan quejica - no os canso? si claro...pos no me leáis. en fin.)