
Hay que reconocerlo: es primavera.
Hay pruebas innegables, como la eclosión de rosas que hay en el parque Cervantes, donde por unos días los pétalos superan por paliza a las hojas verdes, y cada brisa levanta aromas que transportan a la época en que las rosas todavía eran rosas, y no esas cosas que pasean por las noches de bar en bar, en haces ahumados y manoseados, o esas otras de cualidad leñosa y compacta que, por las esquinas, rebosan de los cubos en Sant Jordi.
Hay millares de rosas: rosas, blancas, amarillas, naranjas, rojas, malvas. Pequeñas y sutiles o grandes y densas como coliflores, pesadas, consistentes y suaves, fragantes.
Rosas hermosas como las que robaban para nosotras los chicos con los que paseábamos por ese mismo parque hace 25 años, escapados del instituto de al lado, faltando a clase de química, ética o latín. Rosas entregadas durante aquellos paseos clandestinos, expectantes, románticos, emocionantes, soñadores e inofensivos. Rosas efímeras, escondidas de vuelta a clase, deshojadas y aplastadas entre páginas de libro y condenadas al olvido, como aquellos momentos iniciales de ilusión e ingenuidad. Rosas conceptuales, registradas en recodos de la memoria, como aquellos pasos vacilantes en primaveras que llegaron y se fueron.
Otra vez aquí. La evidencia es apabullante.