miércoles, julio 29, 2009

Tonto

Llega el verano y me acerco a la máquina del café, fuente inagotable de perlas comunicativas.

Hoy me contaban una que no oí, pero que me ha hecho recordar una batallita de abuela cebolleta. Os la cuento.

Hace ya unos añitos tuve un jefe que se jactaba del miedo que le tenían sus empleados. Era un tipo carismático y mentalmente ágil, pero retorcido y paranoico. Malo. Alguien que malgastaba su desbordante rapidez mental en torturas mezquinas y muy certeras.

Se reía jo jo jo contando cómo hacía llorar a tíos altos como torres, cómo las chicas se encogían instintivamente a su paso y cómo se sobresaltaban en todo el pasillo con los portazos airados de su despacho.

Este tipo no prosperó tanto como prometía: llegó a tener mucha gente trabajando para él y medios. Por su equipo pasaron profesionales muy valiosos ; nunca entendió porqué salieron por pies a cualquier otro lugar, sólo por no tenerle cerca. Pero tenía el poder de la fascinación: durante mucho tiempo estaba en todas las conversaciones, era magnético, no podíamos evitar hablar de él. Yo decía a la hora del café: Ya se nos ha vuelto a sentar en el azucarero! y con la mano le espantaba: fuera!, fuera de aquí!!

Al cabo de los años su equipo es pobre, triste, desmotivado, poco productivo. Sus aportaciones pocas y poco relevantes, mal dirigidas, abortadas, inútiles. Lo cierto es que hace tiempo que no se sienta en mi azucarero, y no le recuerdo por su inteligencia brillante, sino porque se rió jo jo jo tanto como quiso, e hizo llorar a tíos altos como torres. Gran hazaña.

La máquina del café me contaba hoy que alguien aparentemente inteligente pontificaba sobre la emotividad de las mujeres, que las incapacita para la dirección: lloran con el estrés y no saben negociar, siempre ceden. Se jactaba de lo fácil que es hacer llorar a una mujer, con sólo proponerselo.

Claro, lo malo es que tiene razón (es facilísimo hacer llorar a una mujer, sólo hay que proponerselo), pero creyendo saber no sabe nada. Porque lo difícil en realidad es hacer reir a una mujer, hacer que te quiera una persona, y luego otra, y varias. Conglomerar un equipo, hacerlo producir cosas fantásticas por el puro placer de ver que salen bien

Anda, vé y cuéntaselo al cromañón este.

martes, julio 14, 2009

On ets, X?

Hoy he salido del parking cabizbaja y preocupada, sintiéndome gris y atrapada, anodina, bastante cabestro, un poco ansiosa. Cansada tras muchas horas de desenredar nudos en una gran maraña, en un día largo que empezó demasiado pronto despertándome de susto porque si, sin poder dormir más. Me he mirado en el reflejo de un cristal y me he visto canija y floja, con esa cara ajada de quien se olvida de comer y descansa poco y mal.

Hoy he salido del parking como cada tarde, como un autómata metálico en el jardín de radio futura, olvidándome una vez más de tomar una determinación. Mirándome los zapatos.

En el largo túnel que me conduce a la calle me he cruzado, como cada tarde, con la chica morena que friega el suelo de mármol, y como cada tarde, nos hemos sonreído y saludado, y he intentado no pisar su trabajo. Mis tacones han puesto la banda sonora de mi traveling hasta la acera. El ruido y el sol me han hecho levantar la vista: una brillante y rizada melena pelirroja se ha apartado de un manotazo para deslumbrarme con unos ojos ofídicos que me han hecho un guiño y me han hecho sonreír. El vigilante del parking esperaba a la puerta, y como cada día me ha saludado tímidamente con su gesto cohibido, apenas un movimiento de la mano y un musitar, que he correspondido igualmente cohibida.

He mirado a la izquierda, hacia dónde las canas pobladas de mon amí pasan las horas de invierno – ahora tiene vacaciones y lumbago. Al otro lado del paso de peatones, un tipo flaco y con una mirada nerviosa tras unas gafas metálicas esperaba pacientemente con su perro gris. El ómnibus se ha detenido con un runruneo lento, y por fín la luz roja se ha apagado para que jugásemos a pisar sólo blanco hasta el otro lado – al cruzarnos a media calle me ha parecido que el perro me ha gruñido un poco, pero no estoy 100% segura de que fuese el perro.

El dueño de la tienda de cuadros también estaba a la fresca, con su sonrisa diariamente presta a decirme las buenas tardes, que he correspondido rápida y tímidamente, como cada tarde. Cosas del barrio. Cuatro niños se amontonaban frente a la puerta de hierro del portal, junto a una vecina que luchaba con tres bolsas de compra y un bolso demasiado grande donde un manojo de llaves huía de sus dedos traviesamente. Me he inclinado por encima de los niños para llegar a la cerradura y abrir el portal – la tromba de críos entrando me ha dejado en equilibrio precario apoyada sólo en la llave; he entrado después de mi vecina, para ver como cada día los arabescos de sombras que el sol proyecta dentro del portal.

En el ascensor, los niños me han mirado con descaro y me han preguntado mi nombre y en qué piso vivo y de qué trabajo, haciendo caso omiso de mi azoramiento, mientras la madre sonreía cansada hasta el tercer piso. Al ir a abrir la puerta he visto un post-it arrugado, que, otra vez, me ha hecho sonreir. Mi santo me ha preguntado:

- Y esa sonrisa?
- Nada, guapo, que da gusto llegar a casa.