martes, noviembre 27, 2012

Sala de espera


Sospecho que esta noche has dormido poco, y mal. Te digo que nos veremos en el hospital directamente, pero me planto en tu casa un par de horas antes para llevarte yo, y distraerte un poco de tus nervios, de esas mariposas en el estómago que seguro que te desasosiegan.
Pasa el rato y nos vamos, pertrechadas con todos los papeles y trastos que nos ha indicado el médico, disciplinadamente puntuales. Es puente, y el hospital está prácticamente vacío; un señor que nos precede en el quirófano es el único habitante de la sala de cirugía ambulatoria, tal como nos indica la única enfermera que está al frente del servicio.
Te anonimizan, vistiéndote con las ropas de paciente, y te tapan con una mantita, a esperar. Charlamos un rato, en el silencio de la unidad vacía, hasta que llega la hora y se te llevan en una silla con ruedas. Desapareces tras la puerta y me quedo con mi papel de acompañante, a esperar.
Sé que va para largo, pero no padezco: sé que la intervención no tiene peligro ninguno, y aunque no es sencilla, me fío de las manos que la están haciendo. Saco mi labor del bolso, me quito las gafas y me pongo a tejer pacíficamente en un rincón de la sala de espera.
Van llegando personajes. Una pareja de gente importante llena con su autoridad la sala al llegar: su tono de voz más alto que el promedio, su pisar más firme, su porte imperativo.  La inercia de su impulso rebota contra el vidrio de la recepción; esperen un momento, ahora les avisarán. Miran entonces su entorno, dubitativos. No saben si sentarse, no acaban de creer que la espera, su espera, sea tan larga como para hacerles compartir sala con nosotros. Dos minutos después se han sentado.
Entra una mujer mayor, mira a su alrededor con aire despistado y directamente se sienta, sin preguntar. Hay gente que por definición es bien mandada, pienso.
A su lado una chica de edad indefinida entre la veintena y la treintena mira el reloj con cara entre nerviosa y de fastidio. Mira su móvil varias veces, hasta que se decide a llamar: “Madre, ¿donde estás? ¿Qué has hecho?”. Tiene un acento catalán muy marcado, cerrado, de pueblo. Se ve que su madre viene en coche desde algún lugar de la Catalunya central, ha intentado un camino nuevo que le han recomendado y tarda más de la cuenta. “pero ¿por qué te lías? ¡No hacía falta! ¿No ves que es peor?” la hija regaña a la madre con un tono entre irritado y marisabidillo, paternalista. Una se imagina una madre entrada en los 60, madre tardía y pueblerina con cierto grado de ineptitud para el desplazamiento, casi sorprende que sepa conducir; una de esas relaciones en las que el desfase tecnológico avanza el cambio de roles y lleva prematuramente a la hija a proteger a la madre en un entorno hostil, menos mal que está ella aquí. De la charla entiendo que la madre, aturullada por la complejidad del tráfico, ha soltado el coche en un aparcamiento de la universidad y ahora está en el metro; a la hija le parece mal, pues la madre va a perderse seguro; le pregunta detalles, le da indicaciones: qué metro coger, qué dirección tomar, número de paradas, qué esquina torcer en la calle. Parece que la hija, imprescindible, tiene que estar a todo ¡qué responsabilidad tan pesada!, ¡y como le pesa! Me pregunto si padre y madre están separados, no acabo de entender la situación. Definitivamente, en cualquier caso, la hija tiene cuentas pendientes que zanjar con ambos, pero ahora está tan quejosa que al cabo de un rato intoxica el ambiente con su resentimiento, y deseo que cuelgue de una vez. Cuelga.    
Entra una pareja de cincuentones progres, ella canosa, el melenudo, que se dirige al mostrador. Tras el intercambio de papeles de rigor, la mujer entra directamente a la sala preparatoria. La pareja importante se revuelve un poco en su asiento; el hombre de pronto se levanta, cruza la sala con zancadas impacientes tres o cuatro veces y se vuelve a sentar. Una manifestación de disconformidad. Acabados los papeles el hombre progre se sienta, con un paquete en el regazo. Pienso que igual lleva lectura para la espera, o trae tal vez algún trasto ortopédico como el que nosotras hemos traído. No se. Me pongo las gafas y cotilleo, en vano. El progre fija la mirada en la pared y adopta la actitud de espera. Me vuelvo a quitar las gafas y tejo.
La puerta se abre y llaman a la pareja importante, que cruza el dintel con aire de justicia. Cinco minutos después el hombre sale y se va sin mirarnos. Le imagino en la cafetería, despachando importantes asuntos laborales por el móvil, un tanto enfadado por la pérdida de su precioso tiempo.
Silencio durante media hora. Tejo.
Llega, por fin, la madre de la chica quejosa; me sorprende ver a una mujer joven con aire resuelto y paciente. La hija vuelve a empezar su retahíla de regañinas, quejas, reproches, esta vez en directo. Cómo se te ocurre tomar un camino nuevo, cómo se te ocurre aparcar lejos, cómo vas a encontrar el coche después, cómo se te ocurre tomar el metro... la madre al final se molesta: hija, vale ya, no soy ninguna inútil, y aquí estoy, basta, que me tratas como si fuera tonta. La hija retrocede asustada: se ha pasado. Se reubica en el papel de niña y pide perdón, intuyo que sonríe, le ofrece galletas en desagravio, la madre las rechaza, molesta. Se reajustan. Diez minutos después la madre readopta su papel paciente. Vuelta al equilibrio inicial. Me pongo las gafas y las miro: la hija es gordita y con una cara difícil, que no recuerda a la madre, más bien guapa; en realidad tiene cara de incomodidad vital, no parece una persona feliz.
Entonces llegan cuatro señoras mayores, y un señor mayor con maleta, llenando la sala de voces. Una de las señoras lleva gafas de sol, supongo que viene a por la segunda catarata. La mujer de la esquina de repente revive, se levanta, y se suma a la cháchara: ha venido a las nueve porque pensaba que la operación era a primera hora, pero una vez aquí se ha dado cuenta del error, y ya ha decidido esperar hasta la una. Durante un momento hay un cierto caos de besos y saludos y frases en falsete; abrigos y bolsos que se apilan, búsqueda de asientos libres y saludos al público presente. Me recuerdan una escena del tricicle. La mujer de las gafas de sol se desmarca un poco; se acerca al mostrador y hace su papeleo, asistida por una de las mujeres. Mientras, continúa el jolgorio tras ella. La paciente no parece feliz de su corte, y de hecho dice: sentaos allí, yo me siento aquí que no tengo ganas de hablar. Se sienta a mi lado, lejos de la charla vacía que ya no cesa.
Tejo.
Las yayas se movilizan: es hora de las gotas, era cada dos horas hasta la operación, pero hace ya dos horas, qué hora es? Maria? Si , hace ya dos horas. La mujer que ha asistido a la paciente durante el papeleo se acerca con el ciclopléjico: dos gotas en el ojo a operar, estate quieta que no acierto. Sécate las lágrimas, supongo que habrá quedado suficiente producto, si, claro, no ves como tiene la pupila toda abierta, igual que la otra vez, pero ya les has puesto dos? Cada yaya opina. El señor de la maleta no se mueve, sigue en su rincón, callado. La paciente se revuelve un poco, ya está, ya. Las yayas vuelven a sus asientos y empiezan a contar sus peripecias con las gotas y los oftalmólogos. Una de ellas, la que lleva esperando desde las nueve, habla del suyo: una bellísima persona. Cuando a ella le tuvieron que quitar el ojo se portó tan bien que la llamaba continuamente para saber qué tal estaba, y en la consulta un encanto, un primor, tan atento, todo un caballero. Piensa que con la prótesis que le pusieron se lo hicieron tan bien, el médico se portó tan bien, tan majo... siempre diciendo que cualquier cosa que necesitase, siempre dispuesto. Ella lleva la prótesis que ni se nota, y no le ha dado ningún problema.  Ahora no ve mucho por la catarata del ojo que le queda, pero el médico no se decide a operarla porque claro, con un solo ojo…
La paciente se revuelve en su silla tras las gafas, creo que se está asustando, o enfadando, o ambas cosas. Estornuda. Se levanta y se dirige al mostrador: “Señorita, es aquí que tengo que decir que soy alérgica a los estornudos y a la tos? O lo tengo que decir dentro?” Me pregunto como la recepcionista mantiene el tipo frente a una de las preguntas más cómicas que he oído en años, pero no se inmuta y resuelve pragmática: “Dentro, señora, dentro”. La mujer vuelve a su silla.
La tuerta continúa con su rollo: uy, yo con los estornudos tengo un miedo… Se ve que ha adelgazado un poco últimamente y la prótesis no le ajusta tan bien como antes, se conoce que al adelgazar la cuenca se le ha hecho más grande, y sufre porque cuando estornuda a veces se le sale. Hace poco en la calle le pasó, en los jardines de Maragall, estornudó y le saltó la prótesis volando, para caer entre los setos del parque, un apuro!! Ella buscando, pero, como no ve bien, con un ojo solo y el bueno con cataratas… Suerte que una señora revieja que pasaba le ayudó con su bastón, apartando las ramas, y encontraron de todo, desde papelotes a latas y no quieras saber qué más. Y la señora revieja que no sabía que buscaban, suponía que un sonotone, y al final que aparece el ojo de vidrio y ella que lo coje y casi sin mirar a la señora que le dice gracias, gracias y se va corriendo, la pobre mujer que se debió quedar de pasta, imagínate, pero ella solo quería entrar a un bar para lavar el ojo en el lavabo y ponérselo otra vez…. Me cuesta contener la risa, tejo para disimular, pero ya estoy acabando mi labor. 
El progre decide abrir su paquete. Me pongo las gafas para ver, tengo curiosidad: saca un crampón. No doy crédito a la sala de espera, supera cualquier ficción. En fin, pienso, como zapato ortopédico es un poco drástico. Pero vaya, para gustos colores.
Llaman a la mujer de las gafas oscuras, que entra aliviada. Pocos minutos después me indican que vaya a hablar con tu médico. Te ha ido bien, claro. Te va a doler, pero te vas a curar. Vas a estar unas horas aún en observación, y luego te llevaré a casa, y te cuidaré.
Pienso que tengo mucho que contarte, en cuanto pueda entrar a verte. Acabaré mi labor, y espero hacerte reír, contándote lo que os perdéis todos los que estáis al otro lado del tabique. 

3 comentarios:

Emily dijo...

A vegades penso en fer un post sobre la confiança, allò de en quantes persones pots confiar, tu ets una d'elles, i en tinc molt poques. La gent del teu entorn saben que poden confiar en tu. Sempre alli quan et necessiten.
Que es recuperi aviat la persona que va entrar a l'altra banda :)
Besitos

fra miquel dijo...

Ja ho diuen que la realitat supera la ficció...
Celebro poder tornar a llegir-te aquí
B7s

el paseante dijo...

Te escribo en castellano porque, como tengo un acento catalán muy marcado, cerrado y de pueblo, seguramente no entenderías mi comentario :-)

El post me ha tenido pillado de principio a fin. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con un texto en Blogville. Eres una gran retratista y espero no coincidir jamás en una sala de espera contigo. Que miedo me daría tu mirada fríamente analista tras las gafas...

Voy a intentar meterme en la cama (que no son horas). Pero, como soy un hombre tardío y pueblerino, con cierto grado de ineptitud para el desplazamiento, quizá me cueste encontrar el camino :-)

Coi de pixapins...

PD: Espero que la persona a la que acompañabas se esté recuperando con las menores molestias posibles.